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sábado, 15 de septiembre de 2012

¿Deben los gobiernos desarrollar tecnología para leer la mente de las personas?


Parece inevitable que en los siguientes años se perfeccione la tecnología para leer el pensamiento de las personas, haciendo de esta tecnología el grial de la vigilancia y a la vez generando serias cuestiones de neuroética.



El siglo 21 parece ser el siglo de la neurociencia. Si la lectura del genoma humano, el libro de la vida que escribe al hombre, fue uno de los descubrimientos científicos más importantes del siglo 20, probablemente la lectura de la mente y el desarrollo de un mapa de identidad neuronal (el equivalente al genoma pero del cerebro) será uno de los grandes acontecimientos de la ciencia de este siglo.

Hace tan sólo unas décadas que la ciencia pudiera leer la mente de un ser humano parecía algo confinado meramente al ámbito de la ciencia ficción. Hoy esto parece casi inevitable. En los últimos meses hemos visto científicos que componen un video con imágenes extraídas del cerebro de una persona; un equipo de investigadores de la Universidad de California, en Berkeley,  que logró traducir a imágenes los pensamientos de una persona que estaba conectada a una computadora, recreando las escenas que estaba solamente imaginando; investigadores de la Universidad de Princeton publicaron recientemente los resultados de un experimento en el que consiguieron traducir en palabras los pensamientos de cualquier persona; investigadores estadounidenses e investigadores japoneses, por otro lado, trabajan en desarrollar un dispositivo capaz de grabar los sueños de una persona; el genial neurocientífico Henry Makram se encuentra en una etapa relativamente avanzada en su proyecto Blue Brain, el cual busca recrear un cerebro humano artificial.

Si bien el proceso de desarrollar esta tecnología es bastante arduo ya que fundamentalmente se basa en identificar zonas del cerebro e incluso neuronas individuales que se activan cuando una persona siente algo y piensa en una palabra o en un concepto, lo cual supone la construcción de una especie de Google Earth del cerebro humano, parece que sólo es cuestión de tiempo para que la ciencia penetre la intimidad del ser humano.

“Mis pensamientos corren siempre libres. ¿Quién pudiera jamás adivinarlos?”, dice una canción popular alemana, que encuentra, seguramente un equivalente en muchas otras culturas. 

Por milenios el ser humano ha asumido que tenía un fuero interno inviolable, su individualidad en buena medida estaba resguardada por la capacidad de pensar de manera privada y si bien podría ser un esclavo tenía la posibilidad de ser libre mentalmente. Aunque para algunos este fuero interno no era absolutamente privado, ya que según distintas creencias Dios o el universo registraba todos los pensamientos de una persona, al menos tenían el beneficio de un secreto temporal, un espacio para construir, sublimar, transmutar, maquinar o rebelarse sin que la autoridad mundana pudiera interceder. Después de todo hay cierta justicia poética individual: si eres capaz de tramar algo y construir un discurso sin que nadie pueda adivinar tus motivos o penetrar el cariz de de tu pensamiento, hay cierto merecimiento en que te puedas salir con la tuya. Pero esto podría cambiar antes de lo te imaginas –y lo que imaginas podrá ser usado en tu contra-; actualmente ya existen casos en los que se admiten como evidencia resonancias magnéticas cerebrales en una corte en Estados Unidos.

¿Estamos cerca de vivir bajo la somba omnipresente de la policía del pensamiento que pesadillescamente imaginó Orwell? No hay duda que tecnología que permita leer el pensamiento de las personas — por ejemplo, en un aeropuerto–le interesará de sobremanera a un gobierno como el de Estados Unidos. Y sin ir más lejos, tecnología que permita acceder a la mente de una persona que está siendo juzgada por algún crimen, seguramente será vista como algo positivo por el gobierno de Estados Unidos y quizás por muchos ciudadanos que podrían considerar esto como una herramienta insuperable en la administración de justicia. Pero el sólo hecho de admitir y aceptar como sociedad que se nos someta a un detector mental, bajo cualquier circunstancia que no sea voluntaria, pone en peligro la libertad más básica, o la última libertad, borrando las fronteras entre mente y Estado.

La neurociencia al servicio del gobierno y la milicia representa uno de los grandes peligros que enfrentará el ser humano en los siguientes años, en la medida en que estas instituciones sigan controladas por poderes financieros elitistas (de manera levemente relacionada, el neuromarketing, al servicio de las grandes corporaciones, ya es una industria multimillonaria) . Por una parte, personas con suficiente capital y privilegio podrán seguramente aumentar sus capacidades –programando su genética y recurriendo a una interfaz neurocibernética– y por otra las masas podrían ser sometidas a una perenne neurovigilancia e incluso a una programación mental vía hardware y software, donde, más allá de que se les lea el pensamiento, se les podría hackear. Si bien es temprano aún, el ciudadano común debe de empezar a ser consciente de las implicaciones que tiene esta tecnología –lo cual no significa que no debamos investigar y acceder a los secretos del cerebro humano (puerta también a los secretos del universo– y oponerse a cualquier exigencia en este sentido. 
Tenemos que empezar a discutir neuroética y desarrollar mecanismos que puedan resistirse a una eventual violación psíquica. Leer el pensamiento de una persona a la cual le tienes cariño, o que ella te lo lea a ti, puede ser una de las grandes maravillas que ofrece este planeta sensorial (o todo lo contrarío, a mi, personalmente, no me gustaría) pero que sea el gobierno o un policía el que te lee la mente no es algo deseamos para nuestros hijos. De nuevo vemos en esto una tendencia en la que la tecnología suplanta la magia y aleja de la naturaleza. Los senderos podrían confluir, pero, en uso y en usura, parecen bifurcarse. Y lo que está en juego es el más preciado de todos los jardines, el jardín de la imaginación.



Fuente: http://pijamasurf.com/2011/11/%C2%BFdeben-los-gobiernos-desarrollar-tecnologia-para-leer-la-mente-de-las-personas/

domingo, 19 de agosto de 2012

Frankenstein: el origen de la Neuroética


En 2002 nace un nuevo saber, la Neuroética, en un congreso organizado por la Fundación Dana, interesada por las neurociencias. El congreso se celebra en San Francisco, con la asistencia de un buen número de especialistas, dispuestos a presentar en sociedad a la recién nacida, que tendrá por delante una apasionante tarea: no solo se ocupará de evaluar éticamente las investigaciones y las aplicaciones en neurociencias, sino también de tratar problemas fundamentales de la vida humana en los que está implicado el cerebro, como la libertad, la conciencia, el yo, la relación mente-cuerpo o las bases cerebrales de la moral.

Desde el congreso fundacional han aumentado exponencialmente las instituciones y publicaciones dedicadas al tema, llegando en ocasiones a la convicción de que la Neuroética es al siglo XXI lo que la Genética fue al XX, el gran reto que las ciencias plantean a la ética, ahora gracias al avance de las neurociencias.

Las neurociencias encarnan el sueño de la perfectibilidad del hombre.El abanico de aplicaciones que abre el nuevo saber es inmenso, pero de entre ellas una se ha convertido en el asunto estrella: el enhancement, la posible mejora de las capacidades humanas interviniendo en el cerebro, el perfeccionamiento de facultades normales, y no solo la curación de patologías. La perfectibilidad del hombre, el gran reto del siglo XXI, las virtualidades y los límites de conseguir hombres y mujeres mejores interviniendo en el cerebro.

¿No desearía usted que le insertaran un chip para hablar inglés sin necesidad de academias? ¿No querría recuperar aquella fabulosa memoria de la juventud? Si la nueva Genética preparaba el Mundo feliz que diseñó Aldous Huxley, las neurociencias permitirían encarnar por fin el sueño del doctor Frankenstein.

Porque según cuenta uno de los fundadores de la Neuroética, William Safire, el nuevo saber nació en realidad en 1816 con el Frankenstein de Mary Shelley. ¿Lugar? Villa Diodati, en los alrededores de Ginebra. Allí se han reunido Lord Byron, Shelley, Polidori y Mary, que más tarde llevaría el nombre de Mary Shelley. El mal tiempo les obliga a permanecer en la villa y deciden hacer la apuesta de escribir cada uno un relato de terror. Al finalizar la estancia solo Mary ha sido capaz de terminar ese relato Frankenstein: el Prometeo moderno, con el que, al parecer, y sin ella saberlo, nació la Neuroética.

Claro que contar de este modo la prehistoria del nuevo saber puede parecer disuasorio, que es un intento de prevenir contra las posibles consecuencias nefastas de la tarea prometeica de intentar crear hombres más perfectos, porque puede llevar a producir monstruos. Como ella misma confiesa, Mary había leído los trabajos de Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, sobre la creación de la vida artificial, y los toma como base para su obra. Por eso, aunque empieza escribiendo una historia de terror, va pasando poco a poco a contar un relato sobre la perfectibilidad del hombre y acaba descubriendo que el presunto hombre más perfecto no es más que un monstruo. Se trataría a fin de cuentas de una novela educativa más, con una moraleja que convendría recordar en el siglo XXI, cuando las técnicas de neuroimagen permiten conocer más a fondo el cerebro y se hacen posibles intervenciones de mejora. Agitar el espantajo del monstruo de Frankenstein sería la forma de prevenir frente a esta nueva tarea prometeica.

Pero no es este el mensaje que encontrará en la novela de Shelley quien no solo lea el comienzo, sino que llegue hasta el final. Sin duda la criatura de Frankenstein es un hombre distinto de los conocidos, más perfecto en algunas de sus capacidades, pero, precisamente por eso, no puede encontrar a ningún semejante, nadie puede reconocerle como un igual en humanidad. Y el hilo conductor de la novela es la búsqueda desesperada de un igual en quien poder reconocerse, a quien poder estimar y de quien recibir estima. Al final del relato el monstruo maldice a su creador por haberle creado con un gran anhelo de felicidad y sin los medios para satisfacerlo: le ha dado grandes capacidades, pero no la posibilidad de encontrar a un igual con el que compartir vida y destino, no hay derecho a crear a un ser sin ofrecerle a la vez los medios para ser feliz.

Ese era en realidad el mensaje de Mary Shelley: que los miembros y los órganos de un ser humano, incluido el cerebro, pueden ser muy perfectos, pluscuamperfectos, pero nada garantiza que su vida sea una vida buena si no puede contar con otros entre los que saberse reconocido y estimado. "El ángel rebelde -dirá el monstruo de Frankenstein- se convirtió en un monstruo diablo, pero hasta ese enemigo de Dios y de los hombres cuenta en su desolación, con amigos y compañeros. Yo estoy solo".

Tal vez este debiera ser el mensaje de una Neuroética pensada en serio, prometedora en tan gran cantidad de posibilidades, cuidadosa de esa dimensión del reconocimiento mutuo sin la que la felicidad flaquea.

Tal vez sea ese el modo de superar el fracaso de Frankenstein en un proyecto de vida, no tanto más perfeccionada, como buena.

Adela Cortina , catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.
17 de octubre de 2010 El País